Las
artes, sí, son espacio –y por eso forma- y son también tiempo –y por eso
historias, historia-. Las artes –las artes plásticas y la literatura, la
literatura y la música- se entretejen, se enlazan, se nutren recíprocamente y
se fecundan constantemente. Y, al cabo de los años, de los siglos, es el hombre
o mujer que a ellas se acerca quien establece nuevas y misteriosas conexiones
entre unas obras y otras en función de su propia urdimbre interior, que es,
como ocurre con los propios artistas, en parte hija de su tiempo, en parte
fruto de su propia singularidad.
Por eso
en la educación artística –que se da inevitablemente en cada uno de nosotros de
manera más o menos planificada- la educación literaria es un componente
imprescindible. Necesitamos historias y son miles las historias que nos salen
al paso. Y es a través de ese conocimiento narrativo –lo dice Bruner- como
damos sentido a nuestra experiencia e interpretamos nuestro lugar en el mundo.
En nuestras manos está que las narraciones que nos nutran –a nosotros y a
nuestros hijos, a nosotros y a nuestro alumnado- sean las que nacieron de la
pluma, la paleta o el cincel de los más geniales artistas –esos cuya obra ha
sobrevivido a los siglos y las distancias- o nos quedemos limitados a la
coyuntura más inmediata, al azar y al interés a menudo exclusivamente comercial
de tantas pantallas contemporáneas. Y bien sabemos que las historias de antaño
no por lejanas tienen menos atractivo: basta iniciar su relato y los rostros de
niñas y niños se detienen para no perder palabra... Son historias bellísimas,
al alcance de quien quiera acercarse a ellas.


