miércoles, 13 de diciembre de 2017

Cartas dominicanas

Si para Elena, nacida en Corea, la vida en España se caracteriza porque la gente va relajada y sin prisas, para Karen, nacida en República Dominicana, los españoles llevan una vida muy estresante, siempre afanados por algo. ¿Cómo no evocar a Los viajes de Gulliver y constatar que lo que desde una perspectiva puede parecer gigante, desde otra resulta quizá diminuto? Algo de esto han aprendido las chicas y los chicos de 4º de ESO al leer los hermosos testimonios recopilados entre toda la clase. Hoy debemos precisar que, si bien todos son fruto de una conversación con una tercera persona a la que luego se prestó voz, Karen insistió en que quería hacernos llegar su propia experiencia como migrante. ¿Cómo negárselo?

Una decisión a los 12 años

Karen K. es una joven de 17 años. Se crio en República Dominicana, en la provincia María Trinidad Sánchez. Es alemana y nació en Perú el 22 de abril del año 2000. Optó ella misma a los 12 años de edad por una decisión que la trajo a vivir a España el 14 de abril del año 2012. La única razón por la que ella y algunas mujeres de su familia vinieron a España fue por un futuro mejor. Vinieron en busca de oportunidades para poder superarse.




Recuerdo como ahora mismo aquel momento en que dejé mis raíces, mi tierra a la que tanto amo: es única en este mundo. Pero no tanto eso, sino que allí deje a mis pedazos de cielos, mi hermana y mi madre. Ellas son todo para mí, mis mayores debilidades.

Ya había visitado España a los 10 años de edad. Entonces vine de vacaciones y a ver a mi tía, mi segunda mamá. Pero eso no me afectó tanto ya que solo eran unos meses de vacaciones; iba a regresar a mi país. Aquella vez que decidí mudarme definitivamente a España fue muy diferente. 
 
Muchos no me creerán, tal vez dirán: “Ella de seguro vino porque sus padres la obligaron”. En primer lugar quiero dejar esto claro. Tal vez muchas niñas de 12 años no pueden tomar una decisión por sí mismas en su vida, ya sea porque todavía son muy pequeñas, o porque sus padres deciden qué es lo bueno y lo malo para ellas, o simplemente los guían por el buen camino para un mejor mañana ya que están empezando a crecer, o porque bien no han pasado trabajo, como otros ejemplos de niñas hoy en día. Por eso cada cabeza es un mundo, no todos pensamos igual. Claro que ninguna madre quiere que sus hijos pasen trabajo, pero en otras ocasiones no se puede evitar. 
 
Mi caso es distinto, ya mismo te cuento el porqué. Soy hija de madre dominicana y padre alemán, el cual falleció cuando tenía 5 meses de nacida. 
 
Por parte de mi madre mi familia no estaba bien económicamente, por lo que mi madre decidió a los 16 años salir a trabajar para poder sacar su familia adelante, mientras que la familia a la cual mi padre pertenecía era todo lo contrario: él era un hombre ricachón, venía de familia millonaria. Por lo tanto, cuando nos quedamos sin mi padre, mi madre tuvo que ingeniárselas como pudo. Imagínate con dos gemelas, mi hermana Katharina y yo. 
 
Después de un tiempo mi madre ya no nos podía tener, no estaba en un estatus económicamente bueno que digamos, aunque eso no era impedimento para que nos quedáramos junto a ella mi hermana pequeña y yo. Pero como ya dije antes, los padres quieren lo mejor para los hijos. Ella por su experiencia y su edad (no es mayor, pero ha pasado por mucho en la vida) pensó que en República Dominicana no íbamos a tener un futuro digno, con todo lo que se ve el día a día allí y por lo tanto ella nos dio a elegir: o bien quedarnos en República Dominicana o bien dejarlo todo por un mejor en el mañana y venir a vivir a España. 
 
Era muy difícil la situación porque, para una niña de 12 años, lo único que  importa es no alejarse del calor de su madre. No se le iba a pasar por la cabeza que se tenía que ir sí o sí por un mañana mejor. 
 
Recuerdo ese día en que me monté en el avión. Era el 14 de abril del 2012. Una vez que estaba montada en el avión todavía era la hora en la cual miraba hacia atrás y no me creía que en verdad iba a dejarlo todo por intentar algo nuevo. Era empezar desde cero en un país desconocido. Pero ya no se podía hacer nada, me tenía que aferrar a esa decisión tan difícil para mí de emigrar de mi país hacia un horizonte en el que no tenía ni la mínima idea de lo que me esperaba. 
 
Decidí dejar mi familia, mis costumbres, mis hábitos, mis paisajes, mis gentes, mi barrio... En fin, que la mitad de lo que es mi vida lo dejé allí por un mejor futuro.
Yo a España nunca me la imaginé así. Claro, como muchos que cuando viajan por primera vez se imaginan todo de color rosa, yo me imaginaba un país así al estilo de New York, con esos grandes rascacielos y edificios que aparecían en la televisión. 
 
Es un gran cambio, es algo inexplicable pasar de vivir en un país en el Caribe a mudarse a un país desarrollado en Europa. Al principio me sentía extraña, todo era raro para mí, nadie salía a la calle, todo parecía un desierto. Pero si algo me sorprendió fue la personalidad de los españoles. Aquí es algo así como que cada persona está con lo suyo. Los españoles son muy reservados, y eso es algo que me gusta, aparte de lo amables, solidarios y respetuosos que son, pero yo siempre los veía como afanados por algo y decía que todavía no había visto a un español que fuese feliz. En mi opinión ellos llevan una vida muy estresante y por esa razón todo se les vuelve una monotonía. 
 
Recuerdo que cuando llegué hacía mucho frío y estaba ansiosa por conocer la nieve por primera vez y me llevaron a Navacerrada, donde todo estaba blanco, todo cubierto con la nieve. Eso fue hermoso. 
 
Otra cosa que me sorprendió fue el agua de aquí, que es potable. Coges el agua para beber directamente del grifo, incluso hasta el agua con que te duchas es potable, mientras que en República Dominicana tienes que comprar el agua en “botellones” (garrafas) para poderla beber; si no, enfermas. Esto me sorprendió bastante.

Después de que pasaron los meses, cada día se me hacía más difícil adaptarme al país, a la costumbres, a la comida, a la distinta manera de vivir, al no poder ver todo eso que veía cada día en Santo Domingo. Incluso lo más difícil para mí fue adaptarme a la escuela. ¡Todo era tan distinto! Desde los profesores y las aulas, hasta los alumnos y la manera de dar clase.

Al principio todo era muy bonito, pero ya cada día más te ibas dando cuenta de lo que era en realidad. Yo lloraba todas las noches porque me quería regresar a mi país, quería volver a estar con mi madre y todas mis gentes. Es complicado adaptarse a las culturas de un país una vez que ya tienes cierta edad (así como de los 12 años en adelante): todo es diferente, desde la comida hasta la ropa...
Es dificultoso aceptar muchas veces la realidad y dejarlo todo así como de la nada. Al principio te quieres ir de ese país, por la sencilla razón de que no es tu ambiente ni tu costumbre. Aunque con los pasos de los años te acostumbras, pero no totalmente. Siempre habrá algo que sientes que te falta: tu hermosa tierra, la que te vio crecer. 
 
Aún es la fecha en que tengo 17 años y no he superado al 100% las ganas de regresarme a mi país natal en el cual todo es como me gusta, pero por más que quiera aún no me veo en las condiciones de irme ya que inicié algo y no soy de dejar las cosas a medias. Quizás muchos dirían que he tenido la peor vida pero gracias a esta decisión he aprendido que lo que te propones lo puedes conseguir con esfuerzo y que los límites los pones tú: “Cuanto más grande tu desierto, mayor será tu victoria”.


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