lunes, 13 de febrero de 2017

Reivindicación de la oralidad

En currículos tan prolijamente prescriptivos como los de la LOMCE, lo que no se prescribe se proscribe. Así con la oralidad. Todo se ha conjurado siempre en nuestro sistema educativo para arrebatar la palabra al alumnado. 

En el modelo conservador lo único importante ha sido la transmisión de unas esencias nacionales -una religión, una lengua, una cultura- y para ello bastaba el aprendizaje de la gramática desde un punto de vista estrictamente normativo -usos correctos y usos incorrectos de la lengua, con abandono y desprecio explícito hacias las variedades lingúísticas del alumnado y por supuesto hacia las otras lenguas no vehiculares de la enseñanza- y la transmisión del canon literario nacional ante el que no cabía a los estudiantes margen alguno para la interpretación (los estudiantes de selectividad saben bien que hasta la opinión personal crítica la llevan bien aprendida de clase).

Cierto que en los años 90 los enfoques comunicativos de las lenguas llegan por fin a los currículos y, desde la LOGSE, la oralidad tiene tanto peso en el BOE como la lectura y la escritura. Pero si el currículo decisivo no es tanto el currículo legislado como el editado en los libros de texto y el currículo evaluado, bien podremos decir que la oralidad ha sido la gran ausente de unas clases de lengua presididas, como la escuela toda, por la palabra "silencio".

Las evaluaciones externas han dado el tiro de gracia a los tímidos intentos de conferir valor a la palabra hablada, a la capacidad de tomar la palabra tanto oralmente como por escrito. De las cuatro habilidades comunicativas básicas - escuchar, hablar, leer y escribir- las pruebas que han acabado por determinar las políticas educativas de medio mundo -las pruebas PISA- solo ponen el foco en la lectura. En las indicaciones publicadas en el BOE el 23 de diciembre de 2016 acerca de los estándares de aprendizaje evaluables que han de recoger las Pruebas de Acceso a la Universidad asistimos al fenómeno inverso al de Los tres mosqueteros (que son, en realidad, cuatro): De los cuatro bloques de contenidos del currículo oficial de Lengua Castellana y Literatura- Hablar y escuchar; Leer y escribir; Reflexión sobre la lengua y Educación literaria- ya solo quedan tres: la oralidad desaparece de un plumazo.

Las evaluaciones externas conjugan a la perfección el doble modelo que aún coexiste en nuestras escuelas -el modelo conservador perpetuado en la prevalencia del análisis gramatical y la historia literaria- y el modelo neoliberal impulsado por la OCDE, en que solo cotiza la capacidad de comprender textos ajenos -habilidad efectivamente imprescindible para insertarse en un mercado de trabajo en el que al parecer lo único que importa es entender cabalmente y acatar instrucciones que no se discuten-.

El currículo evaluado, ¿evalúa lo que verdaderamente cuenta o evalúa solo lo que puede ser contado? Es más fácil evaluar -qué duda cabe- el acierto o desacierto al establecer el cómputo silábico de un  poema que la capacidad de disfrutar de unos versos. El efecto colaterial de todo esto es que solo acaba trasladándose al aula aquello que puede ser medido en detrimento de aquello que merece la pena aprenderse. Corremos por tanto el riesgo -y más que una amenaza potencial es una realidad incuestionable- de trabajar en las clases solo aquello de lo que chicas y chicos serán al fin examinados. Y mientras el procedimiento hegemónico de evaluación siga siendo la prueba individual, escrita y contrarreloj, bien podemos decir que el alumnado seguirá amordazado y la oralidad proscrita.

Pero también aquí hay margen de rebeldía para los docentes. Basta esgrimir el currículo ante cualquier jefe de departamento reticente o cualquier inspectora ultraortodoxa para justificar que el mundo no se acaba en el sintagma nominal o el mester de clerecía. Estas líneas quisieran ser por tanto una reivindicación de la enseñanza de la lengua oral, y no solo de la oralidad informal. 
 
De ello hemos hablado y escrito otras veces. De ahí que en la próxima entrada nos limitaremos a dar cuenta apresurada de la última actividad desarrollada en nuestras clases de 4º de ESO, consistente en la celebración de diversas mesas redondas.


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